23/11/25 – Parece que han pasado años luz desde aquel 1 de octubre de 2017, cuando los catalanes votaron en referéndum a favor de la independencia de España. Y el entonces «President» Puigdemont proclamó la separación de Madrid. Duró pocos minutos. España envió tropas a Barcelona, disolvió las instituciones catalanas, puso bajo tutela a la región rebelde y decretó la detención de su «Govern». Puigdemont huyó poco heroicamente escondido en el maletero de un coche a Bruselas. Desde entonces, ha vivido como «exiliado» la dorada vida del Parlamento Europeo, mientras que sus ministros acababan en la cárcel en Madrid. Durante siete años, el «President» se ha beneficiado en Cataluña de una especie de culto a la personalidad, manteniendo alta su popularidad, sobre todo en las zonas rurales del norte. Pero ahora el mito parece haberse desvanecido. En las últimas encuestas, su partido Junts per Catalunya se ha desplomado. Si se votaria hoy, perdería la mitad de sus diputados regionales, pasando de 35 a 19/20. Un resultado que coincide con el desplome del apoyo a la independencia entre los catalanes. Solo el 39 % sigue estando a favor, mientras que el 53 % se opone. Esto invierte los resultados de 2017, cuando la mayoría estaba, y había votado, a favor de la independencia.

Es evidente que el país está cansado de las estériles proclamas quijotescas de Puigdemont —«independencia o muerte»— y de la vieja guardia independentista. Así como de la mala gestión de los gobiernos pro independencia en Barcelona. Desde hace dos años está en el poder el President socialista Salvador Illa, exministro del primer ministro español Pedro Sánchez, que ha rebajado el nivel de tensión con Madrid y ha devuelto la normalidad a la gestión de la administración catalana. Con el apoyo externo del segundo gran partido independentista, Erc, del ex-VicePresident del Govern en 2017 bajo Puigdemont, Oriol Junqueras, que acabó en la cárcel durante dos años.

Illa es hoy el político más popular de Cataluña. Pero incluso su partido perdería algunos escaños (de 42 a 38/40, de un total de 135) según la última encuesta del Ceo. Sin embargo, la verdadera novedad es la explosión del partido radical de derecha, independentista y antisistema, de la «Meloni catalana», Silvia Orriols, alcaldesa de Ripoll, capital de los Pirineos profundos. En dos años, Alianca Catalana pasaría de 2 a 19/20 escaños, en un imparable ascenso político, arrebatando diputados y votantes a Puigdemont, pero también a todos los demás partidos tradicionales, de derecha como de izquierda. Orriols, de 41 años, catolica, cinco hijos, es la estrella emergente de la política catalana y española. Rompe moldes y se gana el apoyo de todos los estratos de la sociedad catalana, con un lenguaje directo, y un programa que incluye, entre otras cosas, el control de la inmigración y la lucha contra el integrismo islámico. No en vano es la alcaldesa de la ciudad de Ripoll, de donde procedían los baby terroristas dirigidos por un imán extremista que en 2017 perpetraron los atentados de la Rambla de Barcelona (16 muertos y 130 heridos).

La trayectoria política del expresidente Puigdemont parece ahora estar llegando a su fin. Sigue fugado, ya que la amnistía acordada con Sánchez a cambio del apoyo de sus seis diputados en Madrid al Gobierno socialista no ha entrado en vigor en su caso. Por la oposición de una parte de la magistratura. Si regresaria a Barcelona, sería detenido. Su popularidad en Cataluña se ha desplomado. Su influencia en la política española, debida al papel decisivo de sus seis diputados en Madrid, que hasta ahora han permitido a Sánchez sobrevivir a la oleada de escándalos de corrupción que han salpicado a su familia y a sus colaboradores más cercanos, probablemente desaparecerá con las próximas elecciones (adelantadas si Sánchez cae antes de 2027). Para la Cataluña rebelde, la normalización avanza. A costa de los viejos dinosaurios del independentismo.










